jueves, 2 de febrero de 2017

EL DÍA DE LA CANDELARIA

     Aprovechando que era un viernes y que como viernes era un día poco flojo en cuanto a las actividades en general y en que la gente todavía traía la inercia de las fiestas navideñas y de la reciente Rosca de Reyes, costumbre que afortunadamente se conservaba a través del tiempo con la ingenua tradición de que la persona a la que le tocaba en suerte el muñequito que por cierto simboliza al Niño Jesús oculto en su rebanada de pan, se comprometía a invitar los tamales y el chocolate el dos de febrero, día de la Candelaria, pensé que era un día propicio para viajar a la ciudad de Puebla y visitar y revisar una residencia en construcción que tenía bajo mi responsabilidad y que era propiedad de mi querido tío Guillermo, hermano de mi señora madre.


     Desde la víspera le llamé a mi amigo el arquitecto Jesús Correa propietario de un taller de herrería a quién le encargaba todo lo relacionado con puertas, ventanas, canceles  y demás elementos ya fueran de lámina o de aluminio, para que aprovechara mi visita y pudiera revisar y checar lo suyo, tomando las medidas  precisas de lo que todavía tenía pendiente de fabricar. Así que a eso de las diez de la mañana pasé por el y tomamos el camino con dirección a la ciudad de Puebla.

Antes de casarnos, mi novia Cristy y yo compramos nuestro nuevo auto    

     Como referí líneas arriba, se trataba del 2 de febrero y ya corría el año de 1961. Con motivo del centenario de la Batalla del 5 de Mayo de 1862, las autoridades habían decidido construir una nueva carretera con categoría de autopista que ligara a la ciudad de México con la de Puebla.

     Cuando se dio a conocer la noticia de la nueva vía de comunicación, yo me ilusioné pensando en que como la técnica, los equipos de maquinaria pesada y la resistencia de los materiales era cada vez de mayor capacidad, se podía asegurar que la nueva autopista podía tener mucho mejor trazo e iba a acortar la distancia y los tiempos de recorrido.  

     La verdad es que en línea recta las dos ciudades están muy cercanas una de otra, pero a la vez, están bloqueadas debido a la presencia de los volcanes  Ixtaccihuatl y Popocatepetl. Ahora, si consideramos que existe un paso entre los dos volcanes  conocido como “Paso de Cortés”, yo consideraba que hoy en día podía ser el punto de comunicación más directo entre las dos ciudades, sin necesidad de rodear al Ixtaccihuatl como sucede hoy y desde siempre .  

     Cuantos y cuantos vehículos, desde los potentes autos hasta las modestas carcachas, acuden domingo a domingo a ese lugar con la intención de un simple paseo y sin problema pueden llegar al referido Paso de Cortés.

     Hoy en día, para los potentes automóviles y los flamantes y poderosos autobuses se puede considerar que no hay cuesta que no puedan superar si se optara por aprovechar el referido paso. Los actuales vehículos  podrían hacer el recorrido en más o menos una hora, sobre todo si se optara por conservar la carretera original para la circulación de camiones de carga.

     Pero todo lo expresado anteriormente quedó en el aire como una idea que pudo haber sido y no fue.

     La nueva autopista casi se podía considerar como la que ya existía desde principios de los años treinta nomás que hasta donde se pudo corregida y tal vez maquillada.

     La prueba de lo expresado anteriormente es que un automóvil en buenas condiciones y bien manejado por la vieja carretera federal, la original, que estaba a punto de desaparecer, pasando por en medio de los pueblos Ayotla, Zoquiapan, Rio Frío, San Martin Texmelucan, Huejotzingo y Cholula, hacía habitualmente el recorrido en dos horas.

     La verdad es que una vez terminada la autopista, en un auto en buenas condiciones y también bien manejado, actualmente hace el recorrido en poco más de una hora y cuarenta y cinco minutos.

     O sea que no se siente que se hayan mejorado las condiciones de transportación después de los altísimos costos de semejante obra.

     La nueva autopista ya no pasa por los pueblos, pero sigue siendo el mismo trazo en la mayor parte de su extensión. Se sigue pasando a un lado de los taquitos de Rio Frío, por el mismo puente del Emperador, pasa razando San Martín Texmelucan en donde cuesta trabajo no atropellar a alguno de los dos mil vendedores de camotes que se echan encima de los autos en transito.

     Además, por falta de personal o de presupuesto, en las casetas existentes, solo funcionan la mitad de los carriles para poder pagar, provocando unas largas filas de autos que están quemando tiempo y gasolina, que al fin y al cabo se convierte es aire sucio, contaminado.      
     
     La verdad es que todo lo que he comentado ha sido en base a que en ese febrero de 1962 de plano no se podía transitar por la maltrecha carretera tradicional que se estaba transformando en autopista y por ello, para poder viajar a la ruta a Puebla, Oaxaca, Tehuacán, Orizaba, Córdoba, Jalapa y Veracruz, la única forma de lograr esas conexiones era a través de la angosta y muy congestionada vía a Texcoco. Así es que no hubo más remedio que conectar con ella y más tarde, con suerte, llegar a la ciudad de Puebla.

     Después de la referida odisea, llegamos a la obra y nos separamos para revisar cada quien sus pendientes. Llegada la hora de comer, suspendimos nuestras labores y nos escapamos al Paseo de San Francisco en donde se encuentra el legendario kiosco de “Las Carmelitas” en donde disfrutamos de una cerveza bien fría, de un magnífico plato de arroz coloradito complementado con un par de taquitos de aguacate de esos de Atlixco que se pueden comer con todo y su delgadita piel, media docena de chalupitas entre verdes y rojas y para terminar, una pieza de pollo bañada en mole poblano con su obligado ajonjolí y complementado con muy buenas tortillas recién hechas. Para terminar, un jarrito de barro conteniendo un buen café endulzado con piloncillo.

     Después de semejante ágape, volvimos a la obra, aprovechamos la tarde y  suspendimos nuestras labores cuando se comenzó a oscurecer. Nos montamos en el auto, yo al volante y mi amigo Jesús de copiloto y emprendimos el regreso por la angosta carretera de dos sentidos con rumbo a Texcoco y ciudad de México.

     Cuando nos faltaba ya muy poco para llegar a esa población en donde veneran cual se venera a un santo y que en éste caso el santo se llama Silverio Pérez, llegando al kilómetro 46 nos aproximábamos a una curva a la izquierda cuando en sentido contrario venía un poderoso tráiler y al afocarme o centrarme con una luz capaz de radiografiarnos, me deslumbro al grado de que en un instante dejé de ver lo que tenía adelante y resulta que por mala suerte lo que tenía enfrente era la cola de un camión carguero parado dentro de  la carretera sin calaveras, sin un aviso, una bandera roja, una linterna o de menos una fogata, alguien haciendo señales, absolutamente nada. Al sorprenderme y encontrarme atrás de la caja de ese maldito camión abandonado,  instintivamente di un frenazo y un volantazo para escaparme por el lado izquierdo que justamente estaba invadido por el tráiler que venía en sentido contrario y que me deslumbró.

     El impacto fue inevitable, logré no chocar de frente contra la caja del camión pero el poste del lado derecho de mi parabrisas no logró pasar y ahí fue el primer impacto. La consecuencia fue que el poste sirvió de acicate para que se desprendiera el techo completo dejándolo hecho añicos sobre la cajuela. Además no entiendo como fue, pero cupimos milagrosamente entre los dos vehículos. Fue un milagro que hubiéramos pasado en medio de ese reducido espacio.

     Después del fuerte impacto y así, en medio de un millón de pedacitos del cristal del parabrisas y con el techo hecho bolas sobre la cajuela,  salimos de la carretera y volamos sobre la cuneta que en ese tramo estaba a más o menos tres metros debajo de la cinta asfáltica. Una vez que caímos allá abajo, en medio de una nube de tierra que levantamos al caer desde esa altura y por la ausencia del techo, me sorprendió ver tantas estrellas que llegué a pensar que estábamos ingresando al reino celestial.  


Materialmente el techo quedó sobre la cajuela.    

     Ahí me di cuenta que mi amigo estaba noqueado, me acerqué y me percaté que estaba sangrando de la cabeza, no se le veía la herida pero estaba sangrando. Yo me apuré muchísimo y pedí auxilio pero nadie me oyó ni me vio, ni acudió, entonces como pude me metí debajo de su brazo y haciendo un esfuerzo inaudito, logré sacarlo del auto y como pude lo cargué e increíblemente lo logré subir por ese empinado talud hasta la carretera. En casos como éste, no sabe uno de donde saca las fuerzas.

     Ahí, ya arriba,  afortunadamente un bondadoso chofer, detuvo su camión y bajó a ver como me podía ayudar, el tráfico se detuvo y los autos pitaban. En medio de esa caótica situación logramos subir al maltrecho herido a su camión en el que nos llevó a Texcoco que ya estaba cerca.

     Ahí me di cuenta de que yo había sufrido un corte en la piel de mi cara. La herida nacía entre las dos cejas y subía sesgadamente hacia el lado izquierdo y se perdía entre el pelo. También había sangrado pero yo ya no sabía si la sangre era mía o de Jesús mi amigo.    

     Llegando al centro del pueblo, se detuvo frente al sitio de autos y uno de los choferes a regañadientes aceptó llevarnos hasta la ciudad de México. El chofer nos dijo que si buscábamos donde atenderlo en Texcoco se iba a morir, no había donde llevarlo, decidimos seguir hasta la ciudad de México. El taxista iba temeroso de que lo agarrara la policía porque se metería en un verdadero lío. Yo no sabía si mi amigo estaba a punto de morir, estaba inconsciente y seguía sangrando. Yo usé mi sweater y con las mangas le amarré la cabeza y ahí se absorbía el sangrado.

     Cuando nos acercamos a la entrada de la ciudad, le pedí al chofer que nos llevara al Sanatorio Durango que se localizaba en la esquina de Durango y Sonora, en la colonia Roma. Yo lo fui guiando. Fue un recorrido de una espantosa angustia. Hubo ciertos momentos en que pensé que mi amigo Jesús había fallecido.

     Durante ese recorrido se me declaró un fuerte dolor en mi codo izquierdo y también me percaté de que me faltaba un zapato y el calcetín estaba lleno de unas como esferitas llenas de puntas como semillitas del campo que no me las podía quitar porque me herían las manos. Mi pie estaba sangrado.

     Cuando llegamos al Hospital, el chofer bajó a pedir que salieran por el herido y en un momento más, lo introdujeron a bordo de una camilla directo al área de urgencias.

     En ese momento me sentí un poco menos mal porque ya estaban atendiendo a mi maltrecho amigo. Llegó el momento de pagarle al taxista, yo no tenía idea de cuanto debía de cobrarme pero había que hacerlo. Cuando me dijo que eran mil pesos no tuve deseos de decir nada, ni razón para enojarme o darle las gracias, no sabía que pensar, solo le dije:

     Le estoy muy agradecido y pídale a Dios que mi amigo se salve. Como usted comprenderá no tengo conmigo esa cantidad, mi portafolios se quedó en el coche y seguramente ya cambió de dueño. Ahí venía mi chequera, ni modo. Solo traigo en la bolsa doscientos sesenta pesos y mi reloj que es de buena familia.

     Si no le interesara conservarlo, le aseguro  que ahora que salga de este lío yo iré personalmente a Texcoco y le llevaré el dinero faltante y rescataré mi reloj. Está usted d acuerdo?...Tomó mi reloj y lo observó con horror porque estaba lleno de sangre. Lo envolvió en su paliacate y se retiró sin decir palabra.  

     Entonces entré al hospital y preguntando llegué hasta una salita de espera afuera de donde estaban curando a mi amigo. Cuando salió el doctor, por cierto un médico militar de nombre Enrique Peña y Peña, me dijo:  Su amigo estuvo a punto de perder la vida, perdió mucha sangre, tiene una pequeña fractura de cráneo. Se puede considerar que está controlado. Ya le pusimos sangre y sus signos ya están estables, se debe quedar hospitalizado en observación por un par de días.  

     Y usted no avisó que también esta lastimado? ….La verdad es que lo que me preocupaba era mi amigo, lo mío creo que es una simple cortada. A ver, vamos a ver, sígame usted. Y entramos al área de las salas de curaciones. Una enfermera me lavó la cara hasta donde llegaba le herida y me rasuró un poco de cabello. Ese corte en mi cara fue provocado por el poste izquierdo del parabrisas que al desprenderse y al viajar hacia atrás, hacia la cajuela me provocó el corte con una de sus rebabas.

     Inyección antitetánica, desinfectante, vendoletes y parche de gasa con tiras de tela adhesiva. Radiografías, fractura en mi codo izquierdo, férula y además vendado mi lastimado pie derecho, total….una ganga.  

     Para entonces ya eran las tres de la mañana. Yo estaba recién casado, me casé con Cristy, mi linda novia  apenas el pasado 3 de diciembre de 1960 y ahora ya era 3 de febrero, o sea que estaba cumpliendo mis dos meses de casado y lo peor es que ya venía en camino nuestro primogénito que nació el 16 de septiembre de 1961 como quien dice y como debe de ser, a los nueve meses y trece días del casorio. Pero el problema era que eran casi las cuatro de la madrugada y yo no había llegado y calculaba que ella, si no la había vencido el sueño, estaría colgada de la lámpara en espera del “flamante” marido que quien sabe por qué no llega.

     Como el taxista me dejó sin un centavo, no tenía más remedio que tomar un taxi y pedirle que esperara abajo mientras yo subía por dinero. Además, la impresión de mi bella dama de abrir la puerta y verme de Frankenstein, que hacer??? Me decidí a hablarle a mi hermano, pero más tardecito, digamos siete de la mañana y así lo hice, le llamé le conté y se dejó venir con dinero para pagar el hospital. A falta de los celulares que todavía no inventaban, le pedí que le hablara a Cristy y que le dijera que iba a ir a auxiliarme porque se me había descompuesto el auto pero que yo estaba perfectamente. Así lo hicimos.

     En seguida, yo mismo llamé a la casa de Jesús mi amigo y fue a su hermano a quien puse al tanto del accidente y del estado en que se encontraba el buen Jesús pero que estuviera tranquilo porque estaba fuera de peligro y muy bien atendido. Le pedí que acudieran al Sanatorio,  que se hicieran cargo de llevarlo a casa y que no se preocuparan por la cuenta y por el pago a los doctores, de eso me estaba encargando yo.  

     Más tardecito, mi hermano me llevó a casa y el se adelantó para advertirle a Cristy que no se fuera a impresionar porque me había cortado y traía un parche en la frente y el brazo con férula de yeso y así  pude llegar y ya le pude contar los detalles de la desafortunada aventura.

     Inmediatamente se organizó el obligado e inevitable circo, resulta que del hospital, tal como marca la ley, dieron parte al ministerio público de la octava delegación y rapidito dieron conmigo para llevarme a hacer mi declaración y toda esa bola de engorrosos y tardados trámites. Me advirtieron  que iba a quedar detenido y no tuve más remedio de recurrir a mi señor padre para que hiciera lo mismo con don Severo Mantilla que era su amigo y que era todo un jefazo en la procuraduría del D.F. Don Severo de inmediato dio instrucciones de que me dejaran en paz y en paz me fui a acostar a mi camita desde donde estuvimos pendientes del proceso de recuperación de Jesús mi amigo.


     Nueve días después, me llegó la notificación oficial de la Policía Federal de Caminos avisándome que si estaba vivo, debía presentarme para cubrir la multa correspondiente clasificada en Cien Pesos.

     Lo que seguramente no hizo la Policía fue aprehender al infeliz chofer que tan irresponsablemente y sin dejar señal alguna, abandonó su maldito camión en medio de la carretera y de la oscura noche. 


     Ya para entonces, mi amigo continuaba recuperándose en su casa con el ánimo muy en alto y desde su casa controlando su herrería y nosotros, después de los obligados tamalitos del día de La Candelaria, andábamos en busca de que auto nos convenía comprar.

     La verdad es que la compañía de Seguros me pagó el auto como “pérdida total” para poder comprar uno nuevo y además y muy al margen, aceptó venderme la  “chatarra”, (mi auto chocado) en cualquier cantidad,  dándome la oportunidad de poseer un modelo de Opel que nunca se fabricó como convertible, concediéndome ser el presumido dueño de un modelo único. Puedo asegurar que en México podemos contar con  unos verdaderos artistas entre los hojalateros, pintores y vestidores de autos  imposible de encontrar en alguna parte del mundo.   
                            AMÉN.


El Opel convertible nos fue útil hasta cuando nació Cristy jr.    

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