miércoles, 15 de enero de 2014

YA DE MADRUGADA… ME MADRUGARON

     Como todos los cuates del mundo, yo tenía mis cuates. Alguno de ellos desde mucho tiempo atrás, otros, los vas descubriendo a lo largo de la vida, pero siempre habrá el pequeño grupo de amigos preferidos en los que encuentra uno afinidad en los más diferentes y elementales gustos. Yo viví mi juventud en la bella ciudad de Puebla.


     Así pues, yo pertenecía a un grupo de seis que coincidíamos en nuestra afición por algún deporte, por asistir a las corridas de toros, por las fiestas en las que pretendíamos conquistar a la obligada y añorada novia y también por la afición a la guitarra y a las serenatas que acostumbrábamos correr los sábados por la noche o en la madrugada del domingo.

     Nuestras rutinas dependían del tiempo de secas, de lluvia, del frío del invierno, de las vacaciones, del calendario de juegos de futbol, de las temporadas de las corridas de toros, del tiempo de preparación de exámenes, etc.

     Los sábados, antes de correr las serenatas, teníamos la mala costumbre de caer sabrosamente en el pecado al acudir a un centro nocturno que se llamaba Minuet en donde se presentaban los artistas que llegaban importados de la ciudad de México.

     A veces se contaba con la presencia y estupenda voz de algún cancionero como Fernando Fernández ó Chucho Martínez Gil ó con cancioneras como María Luisa Landín ó Lupita Palomera; la orquesta del lugar era del tipo de La Santanera, y como de costumbre, el número de lujo, el show de la encueratríz en turno. 

     Por lo regular presentaban a las vedettes del inolvidable Waikiki de Paseo de la Reforma número 11 de la otrora Ciudad de los Palacios, como podían ser las vedettes Eda Lorna; Su Muy key; Kalantan; Gemma, ”La Muñequita de Cristal” ó a alguna otra de ese calibre, pero lo que si fue novedoso, distinto y apoteótico fue la presentación de Nana y el Diablo.


La obligada visita sabatina, las noches del “Wai”    


     Alguna vez yo me negué a entrar pues alguno de mis amigos que se había adelantado para apartar mesa, me advirtió que ahí dentro estaba uno de mis tíos en gran fiesta con sus amigos muy bien asistidos por muy guapas mujeres. 

     Yo de plano me arrugué y me negué a entrar pero mis cuates se encrestaron y me convencieron de que el que debía de salir era mi tío que era un hombre casado y padre de familia. Entonces me animé, me puse una gorrita como la que usaba el boxeador “Púas”, me subí el cuello del saco, me prestaron unos anteojos y vas pa’dentro. 

     Mis amigos en plan de ayudarme, me situaron en la mesa reservada para nosotros pero dando la espalda a donde se encontraba el tal tío y yo me sentí a gusto y comencé a relajarme y a disfrutar del ambiente. 

     De pronto se nos plantó enfrente un mesero bien maricón que muy ceremoniosamente dijo: Perdón jovenazos, quien de ustedes es fulano de tal…..y yo, un poco sacado de onda dije: Yo soy,…. que pues???.... a lo que el agregó: de parte de su tío que esta allá en la mesa de atrás, esta botella de Ron Batey para que la disfrute con sus amigos, si prefieren “Guiski”, ustedes dirán, es lo que el bebe. 

     Yo me quedé petrificado y entre la risa de mis cuatezones, no me quedo más remedio que tomar mi copa, voltearme en media vuelta y decir un poco a la distancia… Salud tío y muchas gracias!!!!.... el hizo lo propio y muerto de risa también dijo… salud!!! 

     La verdad es que sentí como seguramente han de sentir los toreros cuando les dan la alternativa y, a partir de ese momento, me afloje para disfrutar pecando muy a gusto con el show de Nana y el Diablo. 

     Cuando salimos del lugar, ya pasadas las doce de la noche, nos dirigimos al punto en donde quedamos de encontrarnos con el gran Mariachi de Metepec, integrado por once obreros de la famosa fábrica de Hilados y Tejidos situada en Metepec, cerca de Atlixco y que los sábados se convertían en mariachis.



     Ese grupo era famoso porque siempre se presentaban bien vestidos con un traje de charro campirano y además, contaban con un amplio repertorio y tocaban y cantaban muy entonados. 


El gran Mariachi Metepec, que todavía suena.    


   A partir de ese momento, todos mis amigos que eran seis, se embutieron en una camionetita Skoda que había sido ambulancia del servicio forense del Ayuntamiento de Puebla y yo iba solitario en el amplísimo Packard negro de mi señor padre para recoger a los once mariachis y sus correspondientes cachivaches.

   Por fin llegamos al lugar del encuentro y para empezar, después de tender una buena colchoneta sobre el techo, subieron el arpa y el guitarrón (conocido como tololoche). Como el tal Packard era de aquellos modelos que llevaban amplios estribos corridos a todo lo largo del largo coche, en cada uno de ellos iban tres elementos y en el interior los otros cinco con sus correspondientes guitarras, vihuelas, violines y trompetas, además del chofer que era yo, al frente del volante.


El Packard de la familia con capacidad de 11 mariachis más el chofer (yo).
El Arpa y el tololoche en el techo, colchoneta de por medio.

     Previamente habíamos hecho un plan del recorrido para seguir una ruta lógica de acuerdo a los domicilios por visitar en los distintos barrios de la ciudad.

     Así fue que muy bien portados, llevamos la primera serenata, la segunda, la tercera, la cuarta y la  quinta serenata. La sexta era la mía.

     Cuando el gran Mariachi de Metepec, se estaba ejecutando la tercera canción, yo comencé a notar ciertos movimientos raros entre mis amigos y socios en esta musical aventura. Entre ellos se secreteaban algo ó lo hacían a base de muecas, señas, risitas sospechosas y disimuladas miradas.

     De pronto sucedió algo inesperado, aunque yo ya me lo esperaba, entre descarados empujones y carcajadas se metieron como pudieron a la pequeña ex ambulancia Skoda y se largaron, dejándome colgado con mis once mariachis y la choncha cuenta por pagar. Inmediatamente después de semejante y graciosa huida los once charritos me clavaron la mirada con la intención de averiguar mi actitud.

     Yo les hice la seña a los inspirados músicos de que no había problema y que tocaran la despedida. En seguida, les pedí que abordaran el Packard y que ya para terminar acudiéramos a la siguiente que sería la mía y la última. Una vez a bordo, nos trasladamos a mi casa de soltero para llevarle música a mis respetables papacitos.

     Ya situados frente a la casa, serían las cuatro y media de la madrugada, les pedí que se aventaran “Poeta y Campesino” que era muy del gusto de mis papás y además era lo suficientemente larga para tener tiempo para solicitar el necesario respaldo económico.

     Cuando llegue a la puerta de la recámara de mis padres, me salieron al paso medio dormidas y medio despiertas mis tres hermanas preguntándome las tres al mismo tiempo, que de que se trataba, y yo me concreté a decirles que se callaran y que me dejaran pasar. Acto seguido  penetré al aposento paterno.

     La escena estaba para dar risa, mi padre incrédulo sentado en la orilla de la cama preguntándome:  Oye tu…. que te tráes????  Que relajo es éste,… ya viste que horas son????.... mientras tanto, mi madrecita me decía: Oye mijo, donde conseguiste esa orquesta….oye que bonito tocan…que son Los Churumbeles???

     Entonces, calculando que quedaba poco para que terminara esa preciosa obra musical, de plano se las solté y les dije que mis amigos me habían corrido esa pesada broma pero que había que pagar al mariachi y que la cuenta era de mil quinientos  pesotes  de aquellos pesotes de 1948 y que con mucha pena necesitaba que me prestaran por veinticuatro horas esa cantidad.





Mil quinientos pesitos de esos de 1950



     El dinero me fue facilitado y cuando ya salía de la recámara mi madrecita me alcanzó a decir: Te quiero pedir, a ver si de despedida esos señores pueden tocar “Nunca” la de Guty Cárdenas, recuerda que es nuestra canción y yo creo que con eso se le pasará el soponcio a tu papá. 

     Me reintegré al grupo, tocaron  la canción que me pidió mi madre, les pagué, abordaron una vez más el ya cansado Packard y los llevé al sitio donde los recogí, que es donde habían dejado su vieja y ruidosa camioneta mariachera.

     Un poco más tarde, como a las siete y media de la mañana, llamé por teléfono a cada uno de mis graciosos amigos y les dije que mi padre estaba muy disgustado con ellos pues había tenido que levantarse para pagar al mariachi y que los esperaba a las nueve en punto de ese domingo para que oyeran lo que les tenia que decir y para que le reembolsaran su dinero.

     La verdad es que todos ellos sentían mucho respeto por mi papá, respeto  que ahora tomaba las dimensiones de un verdadero pánico.

     Así que aunque sin dormir, a las nueve de la mañana en punto los fui recibiendo y después de entregarme lo correspondiente al pago de su serenata, los fui pasando a la sala para que esperaran a mi padre que deseaba saludarlos.

     Nada más que mi padre acompañado de mi madre y de mis hermanas, ya había abordado el Packard que todavía olía a mariachi, a violín y a trompeta para ir a su acostumbrada misa de nueve y luego a su obligado desayuno dominical en el Café “La Princesita” localizado en uno de los portales del zócalo en donde para rematar, gustaban dar tres ó cuatro tranquilas vueltas para bajar el desayuno.

     Así es que ya satisfecho de mi planeado desquite, dejé a los implicados delincuentes muy sacados de onda esperando en la sala a que bajara mi papá y yo tranquilamente me fui a acostar.

      Después supe que mis familiares llegaron sobre las doce de medio día  y se encontraron a los tontos desvelados bien dormidos y en posición de babeo quienes al ser descubiertos e ignorados por mi propio padre, bajaron la cabezota y sin decir palabra se esfumaron con el rabo entre las patas.

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